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Madrid | JUN13 | escritos: la propaganda esotérica. Plan n´UNDO atocha

 

Atocha, madrileña puerta por tradición y en perpetua obra por gentilicio, representa otra oportunidad perdida de esas que lamentablemente definen a la capital, sometida a transformaciones que lejos de adecuarla, la aíslan y la saturan de impertinencia e incongruencia.
Las estaciones, espacios generados por planos construidos frente a recorridos de personas, son trayectos, ilusiones, actividades, principios y finales, idas y vueltas, transformación y sociedad. Son ciudad, la integran y la potencian al insertarse en ella como su umbral, su  relación con otros mundos. Enormes lonjas cubiertas, nuevas calles y plazas, asociadas a barrios y a lo cotidiano del vecindario. Operaciones urbanas de máxima magnitud. Espacio público, en su sentido más amplio, cives y urbs [1].
Las estaciones como historia y evolución, asociadas al avance de la técnica y al conocimiento, trascienden la mera función de carga y descarga de viajeros y mercancías, para convertirse en hitos, en símbolos de imperios y civilizaciones. Frente a las nuevas catedrales de la neo-modernidad –aeropuertos, centros comerciales. . . [2] de soledad metafísica, de alegalidad territorial y limbo horario, diseñados para el tránsito y el consumo innecesario, la estación en el meollo urbano es, debe ser, lugar de recibimiento y hogar.
Sin embargo Atocha, a pesar de cumplir su función de intercambiador de transportes público y privado a diferentes escalas, muestra un nefasto y empeorado engarce con su entorno inmediato, especialmente dramático para quien se acerca a pie, siendo brecha donde debería ser vínculo, y galimatías para la mayoría profana.
El espacio definido por el límite entre la  estación y la ciudad, lugar donde reside la oportunidad de mejorar la conexión se ha desaprovechado, y lo que podía ser solución y encuentro, jardines y plaza, se ha convertido en trasiego inhóspito y malogrado. El diseño urbano impone el tránsito frente la estancia, donde el duro pavimento posibilita su privatización con fines comerciales y favorece el uso del coche.
Aledaña se intuye la que fue plaza y encuentro de uno de los grandes tridentes de Madrid, que une Santa María de la Cabeza, Paseo de las Delicias y la Ronda de Atocha. Hoy, debido a un tratamiento de carácter secundario y sobrante, es espacio fragmentado y denostado por la ocupación del automóvil, formando un archipiélago de espacios infrautilizados que omiten su responsabilidad de continuación con el paseo verde, a pesar de salvaguardar un número no despreciable de metros cuadrados para el peatón.
El transporte público presenta la misma confusión, caos y desorden, ni siquiera el coche a quien está supeditado el diseño del entorno, tiene una vinculación funcional con la estación.
La existencia de múltiples barreras (físicas y sensoriales), algunas propias del diseño, otras del uso impuesto de aparcamiento privado en los espacios exteriores, convierten la estación en un complejo tránsito continuo, sin remanso ni posibilidad de encuentro.
El gran espacio histórico de la marquesina de Antonio Palacios, adaptado con acierto por Rafael Moneo en vestíbulo, antesala, descanso y plaza de la estación, albergaba durante los meses pasados una feria de esoterismo; una de tantas que invaden continuamente el proyectado sosiego. La Arquitectura que no es sino verdad, razón y ética, no puede ser más tosca y directamente insultada, profanada, por esta venta mercenaria al mejor postor.
A esta venta se juntan en Atocha otros mercachifles, magnates de la propaganda y la mercadotecnia [3], que han acabado convirtiendo lo que debería haber sido un lugar de generación de oportunidades, de atracción y revitalización de un entorno histórico, un espacio de valor para la ciudadanía, en soporte de alquiler, un inconexo y cutre supermercado de ferias y cachivaches, de la propaganda [4] más banal y del ruido. Todo transformado por la codicia, la mala gestión, la falta de cultura y la publicidad más burda. Cualquier cosa es soportable. El diseño tiene entonces como primer patrón ser marco anunciante, superficie propagandística, altavoz del insufrible ruido de un sistema podrido que ensalza el consumo como único modo de felicidad. No hay espacio en Atocha sin hollar por los anuncios, los mensajes y los intereses de la compraventa.
Es posible, sin embargo, concretar soluciones que apuntan en tres direcciones principales: la primera pasa, sin mojigaterías, por la reducción del tráfico de vehículos para conectar la estación con los barrios circundantes de modo peatonal; las otras dos, relacionadas, suponen eliminar barreras arquitectónicas y sensoriales, y el enorme ruido propagandístico que rodea toda la estación. Desconexión, saturación y superposición, son cuestiones que la Arquitectura debe resolver, desde actuaciones no de adición ni de collage, sino de reflexión y renuncia, de análisis de prioridades, de cuestiones primarias y necesarias, desde el servicio a la ciudadanía.
Pero el marketing es ahora quien proyecta. Habemus nuevo Pritzker: el de la privatización que inició Adif y prosigue en nuestras aceras para alojarse y necrosar nuestras ciudades y pensamientos.
[1] Civitas: (cives) complejo de actividades humanas de una sociedad local y (urbs) escenario físico donde esta actividad tiene lugar.
[2]Augé, Marc. Los No Lugares. Ed. Gedisa. 1993
[3]Conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda. RAE.
[4]Acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores.

 

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